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Por Cristian Andreatta

A lo largo de la historia de la humanidad, la Luna ha sido objeto de contemplación y ha formado parte de la vida cotidiana de prácticamente todas las civilizaciones que habitaron la Tierra. 

En el Medioevo, cuando el pensamiento dominante era la teología medieval cristiana concebía al universo como un espacio ordenado y en completa armonía entre todas sus partes, existía la creencia de que cualquier cambio sólo podía ocurrir en la denominada región sublunar. Reservándose lo corruptible a nuestro hábitat cotidiano en la Tierra. El mismo orden de las cosas sostenía, en cambio, que la región denominada supraluna estaba condenada a permanecer eternamente inalterable.

De ahí que en el siglo XII, el 18 de junio de 1178, un grupo de monjes ingleses radicados en Canterbury quedasen asombrados, perplejos e incluso aterrados al observar que en la Luna se estaban produciendo cambios bruscos. Fue Gervasio de Canterbury (1141-1210) , un cronista inglés de la época, quien recogió el testimonio de aquellos «cambios» que se habrían hecho ver en la Luna. A esos cambios los describió como «una antorcha llameante que escupe fuego hasta una distancia considerable, ascuas calientes y chispas». Una Luna en llamas que acabaría por tomar una apariencia negruzca.

Aquel evento acabó por generar terror en los monjes, un estado anímico posiblemente justificado a raíz de un entendimiento acerca del mundo y del universo, que desde la perspectiva de la Edad Media, presagiaba la llegada de un apocalipsis, particularmente desde el cielo. Un apocalipsis que destrozaría el orden aparente y armónico del universo.

En ese periodo de la historia no se contaba con el extenso acervo de conocimientos del que la ciencia dispone en la actualidad. Tanto la Tierra como su satélite natural han experimentado diversas alteraciones en sus respectivas cortezas. Sin embargo, todas las «cicatrices lunares» no fueron reconocibles con detalle hasta la invención del telescopio. Por lo tanto, tuvieron que pasar cerca de 800 años antes de que la ciencia moderna buscara una explicación acerca del «aterrador» fenómeno observado por los monjes de Canterbury.

Luna en llamas de Canterbury

Un primer abordaje científico acerca de aquel fenómeno se realizó a partir de estudios geológicos iniciados en los años setenta del siglo XX por el geólogo planetario Jack Burdair Hartung.  En tanto especialista en el estudio de la superficie lunar, Hartung planteó la idea de que los cambios bruscos observados en la Luna por los monjes medievales no habían sido más que las devastadoras consecuencias resultantes del impacto de un asteroide sobre la superficie lunar.

Un evento de escala planetaria que habría acabado por generar cambios significativos entre los astros involucrados y la producción de un cráter lunar nuevo . A la par de catapultar grandes cantidades de material en todas las direcciones, esparciendo rastros que podrían permanecer como tales durante años.

En esta vista del cráter Giordano Bruno desde el Orbitador de Reconocimiento Lunar de la NASA, la altura y la nitidez del borde son evidentes, así como las colinas onduladas y la naturaleza accidentada del fondo del cráter. Crédito: NASA/Goddard/Universidad del Estado de Arizona. 

Los estudios iniciados por Hartung en los setenta, en particular, se enfocaron en el denominado cráter Giordano Bruno ubicado en la frontera de la cara visible y la no visible de la Luna. Se trata de un cráter lunar de un radio aproximado de 22 kilómetros. 

Hartung entendió que el cráter Giordano Bruno tenía una historia bastante “reciente” debido a su tono blanquecino, e insistió en que la erosión ocurrida en la superficie lunar habría oscurecido los rastros de impactos más antiguos.

Desde la mera observación, Hartung destacaba lo violento que debía haber sido el impacto del meteorito contra la Luna por cuanto  la estela de material dispersado (o eyectado) comprendía un radio que excedía la del propio asteroide: 300 kilómetros. 

El tamaño del cráter fue lo que indujo a Hartung a pensar que se había tratado del impacto de un asteroide contra la Luna, de al menos, dos kilómetros de diámetro. 

Pero la hipótesis  de Hartung sobre el impacto de un meteorito fue descartada debido a argumentos que la desfavorecieron:

  • En aquel tiempo se pensaba que el simple impacto de un meteorito en la superficie lunar no podía haber explicado el paisaje estremecedor descrito por Gervasio de Canterbury en sus crónicas: fuego, chispas, y el posterior aspecto negruzco.  

  • Asimismo, se pensaba que el impacto habría provocado que una gran cantidad de material de la corteza lunar escapara de la gravedad de la Luna para ser atrapado nuevamente por la gravedad terrestre, y posteriormente quemarse en la atmósfera como una lluvia de estrellas de magnitud global. 

A estos fundamentos, que por aquellos tiempos resultaron suficientes para descartar la hipótesis de Hartung, se sumaron las imágenes de alta resolución de la superficie lunar proporcionadas cuarenta años después por la sonda espacial japonesa, Selene, cuyo lanzamiento había sido concretado el 14 de septiembre de 2007.

En efecto, las imágenes capturadas por la misión del vehículo espacial nipón indicaron, a partir de la presencia de otros impactos de menor escala posteriores al evento que formó el cráter Giordano Bruno, que este último tenía una antigüedad mucho mayor.

Esto sugiere que el meteorito que habría dado lugar a dicho cráter impactó en la Luna muchísimo tiempo antes de los eventos observados por los monjes.

Otras hipótesis

También se pensaron explicaciones alternativas al fenómeno lunar observado por los monjes de Canterbury. Que en lugar de tratarse de un suceso ocurrido en la propia superficie lunar pudiese haberse tratado de un evento producido en la atmósfera terrestre: un bólido.

Lluvia de meteoros. Crédito: Felipe Helfstein en Pexels (CC0).

Un bólido es simplemente un meteoro muy brillante que se produce cuando un meteoroide, con una masa del orden de las toneladas, ingresa a la atmósfera de la Tierra, generalmente explotando antes de impactar contra el suelo terrestre.

Este evento podría haber tenido lugar de manera fortuita en las cercanías de la ubicación donde se encontraban los monjes, coincidiendo así con el impactante panorama que pudieron presenciar en el cielo. No obstante, la hipótesis del bólido se descartó debido a la escasez de otros registros recolectados o plasmados desde la misma posición geográfica desde la que se describió el acontecimiento. Además, se pensó que los monjes podrían haber omitido detalles considerados irrelevantes o haber exagerado aquellos que les impactaron más. Por lo tanto, la explicación del bólido tenía muchas posibilidades de ser descartada y sustituida por otra, a menos que en el futuro se descubriesen otros testimonios de la época.

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