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Por Armando Mudrik

Los grupos humanos, a lo largo de la historia y en todo el mundo, han observado y establecido relaciones simbólicas con diversos fenómenos y rasgos del cielo nocturno, los que se entendían como importantes o relevantes en términos de su sociedad y de su cultura. Surgen así representaciones celestes que fueron categorizadas en la academia como asterismos, o en un sentido general, como constelaciones.

Actualmente desde la astronomía académica, se entiende la idea de constelación como algo puramente anecdótico, nada más que un pintoresco recurso utilizado para señalar cierto conjunto de estrellas o región del cielo. Pero para distintos grupos humanos a lo largo  de la historia, las representaciones celestes han tenido un importante rol socio-cultural. Esto es así dado que esas representaciones condensan las ideas sobre el cosmos que determinada sociedad elabora, y por lo tanto también consideraciones relacionadas a la organización social de ese grupo humano, como por ejemplo, a la división sexual de tareas o a las ideas construidas en torno al género. Es en ese sentido que podemos afirmar que el cielo habla sobre nosotros, que las constelaciones resultan construcciones sociales, y que en estos casos el cielo se vuelve un espacio que reafirma conductas sociales o le da sentido a las mismas (Lévi-Strauss 1986). 

La perspectiva de análisis conocida en el mundo académico como astronomía cultural, permite trascender un abordaje anecdótico de las constelaciones, y observar que detrás de lo que uno puede representar en el cielo, hay procesos sociales muy complejos, que son el resultado de años de esfuerzos en lograr acuerdos sobre qué es lo que se ve en tal o cual región celeste; o dicho de otro modo, que las constelaciones no surgen de un día para el otro en una sociedad.

Así, la astronomía cultural no solo permite entender en este caso la influencia que tienen las representaciones astronómicas sobre distintos planos de la vida social sino que, además, pone en evidencia los procesos sociales que intervienen en la construcción de conocimiento acerca de los fenómenos celestes (Ruggles 2010: 2, López y Giménez Benítez 2010: 21).

Asimismo, los estudios realizados desde el campo de la astronomía cultural han demostrado que las representaciones celestes en distintas sociedades no se agotan en «formar figuras» solamente con estrellas. Existe en distintas culturas una compleja diversidad de representaciones que recurren también a otros rasgos del cielo como las manchas oscuras de la Vía Láctea y su contraste con las zonas brillantes, manchas en la luna, o hasta estrellas que individualmente representan algo (Frank 2015, López 2009, Pereira 2016). 

Las constelaciones oficiales

Las 88 constelaciones listadas en el cuadro inferior con sus respectivas abreviaciones, formadas por estrellas que oficialmente definió la Unión Astronómica Internacional (IAU, por sus siglas en inglés), fueron resultado de un largo proceso de discusiones, tensiones y acuerdos al interior de la comunidad astronómica, que concluyó en 1930.

Para más detalle pueden consultar la página oficial de la Unión Astronómica Internacional: https://www.iau.org/public/themes/constellations/

Más de la mitad de las 88 constelaciones que la IAU reconoce hoy en día se atribuyen a las establecidas por los antiguos griegos, que consolidaron los trabajos anteriores de los antiguos babilonios, egipcios y asirios. Cuarenta y ocho de las constelaciones que conocemos fueron registradas en los libros séptimo y octavo del Almagesto, de Claudio Ptolomeo (mitad de siglo II d.C.), aunque el origen exacto de estas constelaciones sigue siendo incierto. Es probable que las descripciones de Ptolomeo estén fuertemente influenciadas por la obra de Eudoxo de Cnidos, en torno al año 350 a.C. 

Entre los siglos XVI y XVII d.C., los astrónomos y cartógrafos celestes europeos añadieron nuevas constelaciones a las 48 descritas anteriormente por Ptolomeo; estas nuevas constelaciones fueron principalmente «nuevos descubrimientos» realizados por los europeos que exploraron por primera vez el hemisferio sur. Entre los que contribuyeron a las «nuevas» constelaciones se encuentran el astrónomo alemán de origen polaco Johannes Hevelius; tres cartógrafos holandeses, Frederick de Houtman, Pieter Dirksz Keyser y Gerard Mercator; el astrónomo francés Nicolas Louis de Lacaille; el cartógrafo flamenco Petrus Plancius y el navegante italiano Americo Vespucio.

No fue sencillo determinar desde dónde y hasta donde se extendían las constelaciones que mapean la bóveda celeste de los astrónomos, ni mucho menos seleccionar como oficiales algunas constelaciones y, por lo tanto, dejar de lado o descartar otras creadas por relevantes astrónomos europeos.

Compartimos aquí en imágenes algunas de las constelaciones descartadas por la Unión Astronómica Internacional durante este largo proceso histórico.

Las Constelaciones que quedaron en el camino

Noctua, el Búho, fue desarrollada en el siglo XIX por el astrónomo aficionado inglés William Jamieson. Noctua estaba posada al final de la cola de la constelación de Hydra entre Libra y la estrella Spica en Virgo.

 

 

Noctua, el Búho. Fuente: http://Sidney Hall / Urania’s Mirror.

En su obra Firmentum Sobiescianum de 1690, el astrónomo polaco Johannes Hevelius introdujo dos pequeñas constelaciones: Musca Borealis, la Mosca del Norte; y Triangulum Minus, el Pequeño Triángulo.

 

 

Constelaciones Musca Borealis (la Mosca del Norte) y Triangulum Minus (el Pequeño Triángulo) propuestas por Johannes Heveliu. Fuente: Firmentum Sobiescianum (1690) de Johannes Hevelius.

Jordanus, representando al río Jordán, fue creada por el astrónomo y cartógrafo alemán Petrus Plancius en 1612. Luego, esta larga constelación (ver imagen inferior) fue dividida en Canes Venatici, Leo Minor, y Lynx por el ya mencionado astrónomo polaco Hevelius.

 

 

Constelación Jordanus, propuesta por Petrus Plancius. Fuentehttps://echo.mpiwg-berlin.mpg.de/home

El Arpa de Jorge, otra constelación que ha quedado en el camino y no considerada oficial, fue creada por Maximilian Hell, director del Observatorio de Viena a mediados del siglo XVII. Llamada originalmente Psalterium Georgium, pretendía honrar a Jorge III de Gran Bretaña, que era el mecenas de William Herschel. Un Psalterium es un tipo de arpa. El nombre fue cambiado posteriormente por Johann Bode a Harpa Georgium en su atlas celeste Uranographia de 1801.

 

Arpa de Jorge, en amarillo a la izquierda, en las ilustraciones que componen la obra astrométrica Uranographia. Fuente: Sidney Hall / Urania’s mirror.

 

Bibliografía:

http://www.skyandtelescope.com/observing/constellations-that-might-have-been/

https://skyandtelescope.org/astronomy-resources/constellation-names-and-abbreviations/

http://www.ianridpath.com/iaulist1.html

Frank, Roslyn M. (2015). Origins of the “Western” Constellations. En: Ruggles, Clive. (Ed.). Handbook of Archaeoastronomy and Ethnoastronomy. New York: Springer.

LÉVI-STRAUSS, Claude (1986). El sexo de los astros. En: Antropología estructural II. Madrid: Siglo Veintiuno Editores.

López, Alejandro Martín (2009). La Virgen, el Árbol y la Serpiente. Cielos e Identidades en comunidades mocovíes del Chaco. Tesis doctoral. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

López, Alejandro Martín (2016) Cultural Interpretation of Ethnographic Evidence Relating to Astronomy. En: Ruggles, Clive. (Ed.). Handbook of Archaeoastronomy and Ethnoastronomy. New York: Springer.

López, Alejandro Martín y Giménez Benítez, Sixto (2010). Los cielos de la humanidad: ¿Qué es la astronomía cultural? Ciencia Hoy,Vol. 20, n° 16, p. 17-22.

Pereira, Gonzalo (2016). Arqueoastronomía en los Andes. Primera Escuela Interamericana de Astronomía Cultural. La Plata 2012. FCAG-UNLP.

Ruggles, Clive (2010) Indigenous astronomies and progress in modern astronomy. En: Ray Norris and Clive Ruggles (eds.). Accelerating the Rate of Astronomical Discovery (Special Session 5, XXVII IAU General Assembly, August 11–14 2009, Rio de Janeiro, Brazil). Proceedings of Science, p. 1-18.